Pagamos las consecuencias de nuestros errores
Por Prosperada en 12 Agosto, 2010, 10:17 am
Abandonó a sus padres cuando tenía dieciséis años porque consideraba insoportable las recriminaciones que le hacían a raíz de sus malas compañías. Aunque el paso del tiempo decía una cosa, su rostro aún de niño, con un incipiente bigote, un cuerpo aún en formación y en general actitudes inmaduras, decían lo contrario. Revelaban a un ser inseguro, rebelde, que navegaba a la deriva.
Nadie desconocía sus inclinaciones homosexuales, pero hasta ese momento se retraía por evitar confrontaciones, especialmente de su madre. Era una mujer oriunda de la serranía boliviana, fundamentada en principios y valores y una sólida tradición religiosa. “No está bien lo que haces”, solía decirle.
Respecto al contagio del Sida no supo sino tiempo después. Ya tenía diecisiete años. La enfermedad estaba en avance.
Debido a la determinación de no conservar ningún contacto o lazo que le ligara a su familia, experimentó los rigores de la soledad en las blancas y frías salas, pasillos y habitaciones de un hospital en la ciudad de La Paz. Muy grave, decidió llamar a sus padres. Fueron los únicos que lo acompañaron en los días difíciles antes de emprender el viaje sin retorno.
Una enfermedad que se expande
La desaparición de este joven de Bolivia forma parte de la cadena interminable de personas que diariamente sufren el contagio del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. El más reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas presentado en Ginebra, advierte sobre la propagación alarmante de la enfermedad en los países de Europa oriental y Asia central. El año pasado murieron 49 mil personas y hay un millón trescientos mil portadores.
En la Biblia leemos que “El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño”(Proverbios 22: 3).
Es un principio sencillo que advierte sobre la importancia de observar un comportamiento que no incurra en peligro. ¿Cuál sería en el plano sexual? Evitar la promiscuidad, recobrar el valor de la fidelidad a la pareja y recordar que la monogamia ordenada por Dios no es un capricho sino su amorosa orientación que evitar que sus hijos sufran el daño, incluso la pérdida de sus vidas.
América Latina se ha convertido en un foco de enfermedades de transmisión sexual. Quienes las padecen son responsables por sus acciones y consecuencias. Muchas situaciones traumáticas y dolorosas pudieron evitarse, de no ceder a la tentación y los deseos de la carne. Es Dios y nadie más que El quien puede ayudarnos a tener la fuerza necesaria para evitar aquellos hechos que nos condicionan a caer en comportamientos peligrosos para nuestra vida física y espiritual.
Autor: Pastor.Fernando Alexis Jimenéz
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