El último en las sillas del templo

Por Prosperada en 14 Julio, 2010, 9:37 pm

Iba al templo siempre, especialmente los domingos. La parecía un día fabuloso para hacer cualquier cosa menos pensar en los almuerzos y comidas rápidas que debía distribuir durante la semana, en su trabajo de medio tiempo. Se levantaba pasada las ocho de la mañana, tomaba más tiempo del acostumbrado para afeitarse, desayunaba como si fuera su última comida en la vida y partía al templo, caminando. Disfrutaba cada imagen del entorno: las avenidas solitarias, las personas corriendo o haciendo ejercicio en un parque cercano y ancianos disfrutando el sol mientras leían el diario.

Pocos conocían su nombre; al fin y al cabo era una congregación grande. Sin embargo lo identificaban como â€el último en las sillas del temploâ€. Siempre le gustó ocupar ese lugar. Ofrecía dos ventajas: la primera, ver a todos los que llegaban, y la segunda, pasar inadvertido, especialmente cuando desentonaba en la interpretación de los coros.

No pensó que su crecimiento sería mayor. Le gustaban “las cosas de Dios†pero no creía tener la capacidad que los demás hermanos de la iglesia. Ellos sí que eran espirituales. Saludaban con una sonrisa amplia y reflejaban en el brillo de sus ojos que tenían mucha vida. Él, por su parte, consideraba que le faltaba mucho para ser un cristiano consagrado.

Comprobó, sin embargo, que había cambiado. Ocurrió el día que su esposa le dijo: “Eres tan distinto ahora…â€. Fueron solamente cuatro palabras que le cambiaron el panorama de cuanto estaba ocurriendo alrededor. Sintió que tenía sentido, ahora sí, haber destinado ese tiempo para Dios. Él mismo no había notado la transformación pero si los demás lo resaltaban, era porque algo realmente estaba ocurriendo.

Su crecimiento no fue tan espectacular como el de otros, pero comprendió que sus actitudes frente a la vida eran diferentes. Esa era la viva imagen de la transformación.

El cambio se producirá en tu vida

Resulta interesante que los creyentes trazamos unos puntos muy altos para lo que consideramos, debe ser “la media del crecimientoâ€. Y nos ponemos, por ejemplo, la meta de no enojarnos fácilmente. Al principio muy bien, pero cuando se produce un incidente que nos exalta, sentimos que hemos “fracasado†y queremos volver atrás.

¿Es esa la actitud que Dios espera de nosotros? Sin duda que no. El crecimiento personal y espiritual se produce, no por nuestras capacidades y fuerza de voluntad, sino por la dependencia del amado Señor para que nos ayude en el proceso de cambio.

La obra de nuestro Supremo Hacedor es un proceso. Él no obra a las carreras ni un abrir y cerrar de ojos. El Señor Jesús  “Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudadoâ€(Mateo 13:33).

Dios está tratando con su existencia. No pretenda hacer el trabajo que sólo Él puede obrar. Déjele que ministre su ser, conforme a Su voluntad. Los resultados saltarán a la vista..

Autor: Pastor.Fernando alexis Jiménez

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